miércoles, 20 de octubre de 2010
Creyente
Te confieso que todas las noches juego a que al cerrar mis ojos mi alma viaja hacia la tuya para verte dormir, y te veo, a veces despiertas sobresaltada y otras pocas aún dormida esbozas una sonrisa. Te confieso que el mínimo roce con tu piel produce un estado de bienestar tal como si se tratase de un bálsamo para un naufrago desahuciado. Te confieso tambien que a veces me sorprendo mirándote a la boca más tiempo del que las buenas maneras del amor en secreto puedan permitir. Te confieso que hay días que en tu mirada literalmente me observo, y acá es obvia la metafora, me tienes atrapado ahí dentro, como un huesped maldito que te susurra mil y un canciones. Te confieso que ya casi me sé de memoria todo tu cuerpo aún sin haber tenido el placer de tenerlo entre mis brazos, salvo cuando nos damos esos tibios abrazos. Te confieso que aún cuando es un placer escucharte y que me escuches, disfruto mucho de los silencios contigo para despues ser despedazados por esa estruendosa risa tan tuya, tan viva, como todo lo tuyo. Te confieso que odio seguirte como un perro guardian pero me es inevitable, que he intentado dejar de lado mi orgullo y demostrarte cuanto me gustas, poner mi corazón en tus manos aún bajo riesgo de que lo mires tiernamente y tiernamente lo ignores. Te confieso que todas tus imperfecciones me parecen preciosas y que me es inevitable sentir celos cuando tocas a otras personas, que a pesar de nuestro mal humor el sexo terminaría lamiéndonos las heridas de cualquier conflicto, es bastante clara la penitencia de esta confesión ante tus piernas, y es que te amo.
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